El accionar de los asesinos revela “la necesidad de referentes adultos” en los jóvenes

La psicóloga especializada en niños y adolescentes María Fernanda Rivas aseguró que el accionar homicida del grupo de rugbiers que hace un año mató a golpes al joven Fernando Báez Sosa demuestra “la necesidad de estar presentes como referentes adultos” en la vida de los hijos “aún cuando hayan llegado a la mayoría de edad”, porque “hay funciones que aún necesitan ser apuntaladas” más allá de los 18 años.

Además, la autora del libro “La familia y la ley” planteó que los agresores mostraron “un comportamiento afín al de las pandillas” y “un gran déficit de valores sobre el cual se asienta” esta “violencia descontrolada” a la que “ni uno solo (de los integrantes del grupo) intenta frenar”.

“A mí como profesional, como mamá y como especialista en vínculos, además de causarme una gran tristeza, me hace pensar en la necesidad de estar presente como referentes adultos aun cuando nuestros jóvenes llegan a la mayoría de edad”, dijo a Télam Rivas, quien es integrante de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

“Es muy difícil que un chico que esté acompañado, guiado y contenido por sus padres, que tenga la posibilidad de dialogar con ellos para clarificar sus ideas, cometa un asesinato de este orden”

La especialista destacó también el rol de otras instituciones de las que participan los jóvenes -tales como los clubes, vecindarios o iglesias- “para seguir formando a las generaciones más jóvenes” una vez que terminaron la educación media y alcanzaron la mayoría de edad.

En esos espacios “hay que trabajar mucho en cuestiones como el respeto al otro, al diferente”, así como en desarmar “el narcisismo de los grupos que muchas veces llevan a querer atacar o menospreciar a quienes no pertenecen a él”.

Para la especialista, “es muy probable” que el disparador de la violencia haya sido “un sentimiento de superioridad como grupo”, una búsqueda de “imponer miedo” como un camino fallido para ganar respeto -“que es algo muy diferente”-, así como “una gran desvalorización del diferente”.

“En este grupo lo que veo es un comportamiento afín al de las pandillas, es decir, personas que se juntan a partir de la carencia, del desamparo o de la depresión para conformar una ‘familia sustituta’ -por supuesto que fallida- con un líder y personajes con diferentes roles”, dijo.

“Durante la adolescencia es muy común que en su búsqueda de agruparse con pares, los chicos tomen un camino equivocado que es el del delito o de la violencia: que lo hagan o no dependerá mucho de la contención familiar y social con la que cuenten”

Es que “la manera de contrarrestar los efectos nocivos que pueden generarse en los grupos a esta edad” es un “acompañamiento sin invasión”, que les haga sentir que “estamos ahí como adultos, como padres y como referentes”.

La especialista manifestó que “la ley penal es convocada a suplementar desde afuera las fallas de ‘internalización’ de las prohibiciones de orden simbólico que permiten a los sujetos la vida en comunidad”, manifestó.

“Consideramos a la familia, entonces, como ese pequeño-gran ‘tribunal’ en el que se desarrollan los primeros ‘juegos’ a estar ‘dentro’ o ‘fuera’ de la ley y en el que se construyen categorías tales como lo justo y lo injusto, los derechos y las obligaciones y el desprecio o el respeto por la vida del semejante”, agregó.

La especialista atribuyó la “fuerte repercusión social” de este crimen, a que “a todos nos toca de cerca por algún motivo”.

Todos tenemos un Fernando en la familia: un hijo, un sobrino, algún familiar o amigo que sufrió la injusticia de quedar totalmente desamparado frente a la violencia de un grupo, que a su vez estuvo desamparado en su capacidad de imponerse límites”, concluyó.

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