Juan Solá: “La infancia es invisible y necesita su propia revolución”

"Lo primero que se extraña de la niñez es el mundo que supimos inventar para dar batalla a la existencia miserable", dice uno de los personajes de la novela de Juan Solá.

“Lo primero que se extraña de la niñez es el mundo que supimos inventar para dar batalla a la existencia miserable”, dice uno de los personajes de la novela de Juan Solá.

En su última novela “Invisible”, el escritor entrerriano Juan Solá -quien cobró notoriedad con su obra “La Chaco”- despliega una prosa exquisita, tan sencilla como potente, para narrar historias dolorosas de un puñado de personajes con universos ocultos, que intentan exorcizar su niñez y su pasado.

Protagonizado por una escritora llamada Andrea y su disfuncional familia, el libro -que va por su tercera reedición- construye una constelación de personajes dolidos, heridos, dañados, en busca de existencias que los arranquen de la invisibilidad.

Publicado por Ediciones B, sello de Penguin Random House, “Invisible” está narrado desde la mirada de Andrea, quien derriba certezas impuestas y cuestiona su genealogía para permitirse creer, al menos por un minuto, que la magia existe, mientras intuye que en escribir “poemas para no hacer ruido” está su capacidad de recuperarse.

Hay violencia de género, pobreza y adicciones en las historias narradas en la novela pero también amor, tristeza, locura y una búsqueda de libertad, desde una “visión litoraleña del mundo”, según suele decir el autor residente en Chaco, que cuenta con 167.000 seguidores en Instagram y 20.000 en Facebook.

“Lo primero que se extraña de la niñez es el mundo que supimos inventar para dar batalla a la existencia miserable”, dice la narradora en un tramo, para asegurar poco más tarde: “Entrar en la adultez es entrar en una suerte de demencia colectiva consensuada”.

“Los invisibles son las infancias. Siento que la infancia necesita su propia revolución, que ya no puede estar sujeta al capricho opresor que la moldea, que la ordena y le da órdenes, que la instruye en asimilar la enfermedad del mundo como progreso y le exige complicidad en el desmantelamiento de cualquier otra forma de humanidad que pretenda existir por fuera de la norma”, asegura Solá en una entrevista con Télam.

Nacido en la ciudad entrerriana de La Paz en 1989, Solá publicó su primer libro de cuentos a los 10 años y es autor de las novelas “Naranjo en flúo” (Sudestada) y “La Chaco” (Hojas del Sur) así como libros de relatos, poemas e infantiles.

-Juan, ¿cuál fue el disparador que dio forma a tu nueva novela “Invisible”?

-“Invisible” surge de una necesidad puntual de explorar los límites impuestos socialmente para la cordura, de un intento por redefinirla ya no como algo deseable sino más bien como un mandato que estructura las formas en que nos vinculamos con la realidad pactada. La locura puede ignorarse hasta que se nos presenta vistiendo el rostro de quien se ama y es en ese punto que comienza esta historia donde lo invisible se revela y se rebela.

– “Invisible” posee frases de una inmensa sencillez pero de una potencia increíble, como una búsqueda casi poética. Pienso en un pasaje como “Mi vida era un diente de león y tu ausencia fueron los labios que soplaban”. ¿Cómo trabajas tus textos?

-Trabajo los textos en capas, nunca en forma lineal. Diseño las piezas, las encastro y voy probando. Me gusta el ejercicio de ponerme en la piel de los personajes y por eso muchas de mis historias se cuentan desde la polifonía. Me leo en voz alta e intento ponerme en el lugar de quien se encuentra con la novela por primera vez, asegurarme de que la historia sea accesible.

-¿Quiénes consideras que son hoy invisibles?

-Desde el punto de vista de la historia, los invisibles son especialmente las infancias. Siento que la infancia necesita su propia revolución, que ya no puede estar sujeta al capricho opresor que la moldea, que la ordena y le da órdenes, que la instruye en asimilar la enfermedad del mundo como progreso y le exige complicidad en el desmantelamiento de cualquier otra forma de humanidad que pretenda existir por fuera de la norma. Sin embargo, en el mundo de la no ficción, invisibles hay tantos como formas de invisibilidad existen, porque si bien puede pensarse esta idea en términos de carencia, también hay otros invisibles que desde las sombras mueven los hilos tanto de los medios de producción como de los medios de construcción del sentido.

-Cada capítulo se titula como una fase del duelo: ira, negación, depresión, etcétera. ¿Cómo surgió estructurarlos así?

-Esta historia está escrita en primera persona porque la primera persona del verbo doler es duelo. Ante el horror que sigue a la comprensión de que el consuelo no existe más allá que el que cada quien pueda darse a sí, lo que queda es atravesar el infierno del desapego. Estaba yo haciendo ese proceso mientras Invisible se me revelaba.

-¿Cuánto tiene de vos esta protagonista Andrea, que además es escritora?

-Andrea tiene mi tinta, que es el equivalente literario a decir que alguien tiene tu sangre. Es más ficticia que la propia ficción cualquier distancia que intente interponerse entre el personaje y la autoría como es inútil intentar desprenderse de la propia sombra. Cada identidad literaria es un fragmento de la experiencia humana de quien narra.

-Un pasaje del texto refiere a cuando “una jaula acaba convertida en un refugio”. ¿Cómo ejemplificarías esta idea en la vida cotidiana?

-Cuando el mundo detrás de las paredes se vuelve hostil, es más fácil convencernos de que la jaula que habitamos nos protege.

-¿Cómo toman forma personajes como Andrea, Norma, Agustín, Emilia? ¿Creés que en la creación de personaje se cuela de manera inevitable características de personas cercanas al autor?

-Muchos de mis personajes tienen mi tinta y eso quiere decir que son de alguna forma la síntesis de una experiencia determinada. Norma, por ejemplo, fue mi vecina de la infancia, siempre en apuros. En una parte de la historia, Andrea le “regala” (en un cuento) una despensa, para que nunca le falte nada. En este aspecto, mi yo autor dialoga con la memoria que tengo de la mujer que vivía al lado de mi casa.

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