La tentación de la reposera

La pandemia le ha tendido varias trampas a la vida cotidiana: Más allá del peligro inherente, como cruzarse con un antivacunas sin barbijo o que te atienda un médico por la verdad, la pandemia nos tiene a muchos recluidos en casa.

No necesariamente sin hacer nada. Al contrario: muchos trabajamos más que antes, pero la mayoría de las actividades nos llevan al sedentarismo. Lo que hace que uno imagine a la mayoría de la población tirada en la cama o una reposera viendo la tele. Y no es así: en muchos casos se levantan para ir hasta la heladera o el baño.

Pero es un peligro el sedentarismo. Al punto de ser considerado una enfermedad que, además, es muy difícil de estudiar, porque los afectados ni siquiera se molestan en participar en estudios o encuestas.


Y hay como tres grandes grupos en la sociedad: Uno es el de los que tienen que salir a laburar todos los días, que ya, aunque más no sea un poco, están en movimiento. 
Después están los desesperados por correr, saltar, ponerse la calza ajustada para ir al gimnasio y surfear las olas virósicas en lugares cerrados con gente respirándote en la nuca, y por último los que están preocupados porque ya han visto 2 o más veces todo lo que hay en Netflix.

Obviamente que el nivel de ejercicio que puedas hacer en cuarentena depende del espacio en el que vivas. Pero, incluso tener parque con pileta no garantiza que hagas ejercicio. Porque vos no tenés el parque con pileta para hacer ejercicio: lo tenés para tomar sol y para tirarte a la pileta… Y ahora vienen los días en que no está para tirarse a la pileta, a menos que la pileta esté llena de alcohol diluido al 70%. Ahí si. De cabeza en triple mortal.

Pero ojo: a no confundir. Ser sedentario no es lo mismo que ser vago. Hay gente que labura 18 horas por día y es sedentaria. Y hay otros que no laburaron nunca y son unos vagos que hasta se hacen escribir hasta libros por otros.

Citando al gran filósofo argentino Carlos Balá cuando decía “el movimiento se demuestra andando” podríamos decir que “el sedentarismo se demuestra sin la menor intención de moverse”.

No es difícil identificar a un sedentario: en mi caso basta con mirarme al espejo. 
Y si hay algo difícil es combatir la tentación de la reposera, porque está ahí, esperándote. Pero guarda: si cada vez que terminás de enjabonarte te da taquicardia o la parte de cuerpo que más ejercitaste durante estos meses fue la mandíbula, es hora de que vayas reviendo tu actitud.

En eso somos buenos los sedentarios: dando consejos a otros de cómo no ser sedentarios. 
Porque sabemos que está mal: yo incluso llegué a anotarme en Sendentarios Anónimos: No fui a ninguna reunión, pero me dijeron que tampoco se presentó ninguno de los inscriptos.

Y la vida sedentaria está llena de tentaciones… ¿cómo no vas a acompañar esa maratón de series con unos alfajores, unas medialunas o manducando los restos del asado que sobró del mediodía? Es más: tengo un amigo tan sedentario que le dio la llave de la puerta de la casa al chico del delivery para que le deje la pizza en el comedor.

Y ahora es momento de ir dejándolos, porque la verdad… esto de estar sentado frente a una computadora escribiendo es muy sedentario y cansa. Es preferible estar tirado en el sillón.

Reportó para la Agencia Télam, su corresponsal exclusivo en la vida cotidiana, Adrián Stoppelman

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