El trabajo y la pandemia: ¿una época sin empancipación?

por Julián Fava*

Hacia el final de su vida el filósofo húngaro Georg Lukács, en línea con la tradición de Karl Marx y de Friedrich Engels, postuló al trabajo como el elemento fundamental en la realización de lo humano. En virtud de la actividad laboral surgen manifestaciones como el lenguaje. Según esta tradición, el trabajo es concebido como destino abierto por la libertad humana, como campo de disputa en torno a la riqueza que genera, como horizonte comunitario.

Dicho de otro modo, el hombre produce sus condiciones de vida y, al mismo tiempo, reproduce al género humano. Por esa razón, la experiencia de los trabajadores puede ser concebida como patrimonio común y herramienta clave en la organización de la sociedad. Y, lo que es aún más importante, en su transformación.

Cada 1º de mayo condesa, de ese modo, las memorias sedimentadas en las luchas de las masas trabajadoras.

Este nuevo aniversario, en el segundo año de la pandemia, encuentra al mundo en un horizonte bien complejo respecto del futuro del trabajo y, fundamentalmente, respecto de la capacidad de los trabajadores para incidir en la disputa por la renta.

La catástrofe sanitaria provocada por la Covid-19 quitó definitivamente los velos que cubrían la desigualdad entre países ricos y pobres mientras las grandes corporaciones médico-farmacéuticas ofician como arietes del neocolonialismo y extorsionan con el recurso estratégico de la vacuna. 

Hace unas semanas, el secretario general de la ONU, António Guterres, aseguró que en el último año hubo “un aumento de 5 mil millones de dólares en la riqueza de los más ricos del mundo”. En el mismo informe, señaló que alrededor de 120 millones de personas cayeron en la pobreza extrema.

En lo que concierne específicamente al ámbito laboral, y según reveló el propio Guterres,  se calcula que desde el inicio de la pandemia se perdieron 225 millones de puestos de trabajo de tiempo completo. El desglose de estos datos indica que en materia laboral la peor parte de la tragedia se la están llevando las poblaciones de los países emergentes.

En este escenario, el economista Martín Kalos advierte que en el mundo se implementaron dos modelos.

“Por un lado, el modelo europeo, que priorizó el empleo, negociando algún tipo de baja en los salarios, pero cuidando en líneas generales los puestos de trabajo y, por el otro, el modelo implementado en los Estados Unidos, que priorizó los ingresos a través de transferencias directas de recursos a los trabajadores”, analiza Kalos, que dirige la consultora EPyCA (Economía Política y Comunicación Argentina).

En la Argentina, en cambio, dada la magnitud de la crisis arrastrada desde la administración macrista, “se implementó un sistema mixto –puntualiza Kalos–: el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) apuntaló el empleo informal y el ATP (Asistencia al Trabajo y la Producción) oxigenó al empleo formal”.

La empancipación en tiempos de pandemia

¿Desde dónde y cómo ponderar hoy la articulación de un sujeto colectivo emancipador, en estas condiciones de fragmentación profundizadas en el último año? ¿Cómo articular las voces de los sectores subalternos, atacadas durante los años del neoliberalismo en Argentina?

Frente a esos dilemas, el escritor y ensayista Diego Sztulwark propone “pensar estas cuestiones en una genealogía que recupera la emergencia del sujeto político cuya eclosión fueron las jornadas de diciembre de 2001. Desempleados, movimientos sociales, sectores tradicionalmente no pensados dentro de la categoría de ‘trabajadores’”.

Según el razonamiento de Sztulwark, habría que buscar en “los efectos de la reestructuración del capital”, como también en la emergencia de nuevos actores sociales, algunas claves para repensar el complejo mundo del trabajo actual.

“Trabajo y conocimiento son inseparables”, precisa. Y, en línea con el pensamiento de Lukács, subraya: “Toda práctica humana encierra una conciencia de la realidad y la conciencia es un elemento decisivo en la transformación de la realidad”.

En su reciente libro Pandemia 2. Crónica de un tiempo perdido, el filósofo esloveno Slavok Zizek se pregunta: “¿Puede el capitalismo sobrevivir a este giro en la vida diaria en la que estamos mucho más expuestos a la muerte?”. Y a modo de respuesta arriesga, aunque sin dar demasiadas precisiones: “Creo que algo como una nueva forma de comunismo deberá emerger si queremos sobrevivir”.

Zizek sostiene que el capitalismo se está mostrando incapaz para contener esta crisis y entonces plantea que, en el fondo, se trata de una cuestión de solidaridad: “La mayor amenaza a la que nos enfrentamos ahora no es el virus en sí. Más bien es la falta de liderazgo y solidaridad a nivel mundial y nacional”.

La frase del pensador esloveno parece disolver la responsabilidad de las corporaciones y de las estrategias de neocolonialismo de los Estados centrales en un concepto tan abstracto y personal como el de “solidaridad”.

Ante estas encrucijadas se reactualizan las máximas del viejo Thomas Hobbes, quien alertaba que en momentos de guerra o de disolución del poder público el hombre se convierte “en el lobo del hombre”.

En contraste, el psicoanalista y poeta Jorge Alemán remarca en su libro  Pandemónium. Notas sobre el desastre que “el capitalismo no sólo es una economía, sino más bien una estructura acéfala que se reproduce ilimitadamente, una maquinaria que aún en los tiempos más críticos tiene capacidad de rehacerse”.

En suma, diversos pensadores describen el drama de la actualidad como una cuestión sistémica que adquiere la magnitud de una crisis civilizatoria en la que, una vez más, los costos de esta ‘guerra’ recaen sobre los sectores más vulnerables.

Lejos de las posturas de otros intelectuales que ven en la crisis ocasionada por la pandemia una posibilidad de reconfiguración positiva de la conducta humana, Alemán advierte que “permanece en silencio la disputa o el antagonismo sobre quiénes pagarán las consecuencias del desastre”.

Recluido en la esfera doméstica, en el mejor de los casos por prevención sanitaria, el trabajo devino “teletrabajo”. Este es otro de los desafíos que enfrenta, desde el punto de vista de su organización social y desde su emplazamiento territorial el mundo laboral hoy.

Al tiempo que se van sumando un conjunto de desigualdades cuyo gravamen recae, casi siempre, sobre la parte más débil del binomio: aumento de costos en lo que respecta a electricidad, servicios de internet, uso de dispositivos electrónicos, etc.

A esto se le suma otra dimensión, no menos importante: “No hay límite ni físico ni temporal”, puntualiza Kalos.

El mundo del trabajo pasa a ocupar, casi por completo, la psiquis y el espacio vital del trabajador y de la trabajadora. No hay ocio porque sencillamente se trabaja donde se vive, se come, se duerme. Casi como en un mundo sin privacidad alguna, el ser humano se convierte en un ser-para-el-trabajo y la sobrevivencia.

A esto hay que agregar otro aspecto: “las tareas de cuidado y no remuneradas en el ámbito doméstico, a pesar de que los varones estén trabajando en casa, siguen recayendo sobre las mujeres”, apunta Kalos.

¿Tenemos categorías para pensar esta crisis global? ¿Ha forjado el pensamiento filosófico algún concepto que esté a la altura de lo que está pasando? ¿Puede la experiencia presente recuperar y resignificar las memorias de las luchas encarnadas por las trabajadoras y los trabajadores que protagonizaron aquellas épocas de pleno empleo y movilidad social ascendente?

El pasado reciente muestra que, en la Argentina al menos, tanto los sindicatos como los movimientos sociales han desplegado (y despliegan) estrategias de lucha en la disputa por la renta y por el mejoramiento en las condiciones de vida. Por otro lado, pensar al trabajo como dispositivo que articula lo social y como herramienta emancipadora, implica quebrar las sujeciones de una organización del capital que no presenta rostro ni mediaciones.

En el paradigma global que propone, como modelo a seguir, aplicaciones digitales que reducen el vínculo laboral a las yemas de los dedos deslizándose sobre una pantallita, la mediación, sindical y política, se vuelve urgente y necesaria. Entre el flujo de capitales sin rostro y la persona que, desde la incomodidad de un hogar, responde un reclamo, la ganancia de uno es inversamente proporcional a la precarización de la otra.

El horizonte de la emancipación implica también una disputa por el sentido de las palabras, por el imaginario que se configura en cada época. El trabajo constituye la esencia de lo humano, el empleo es un simple medio de subsistencia.

El trabajo estructura la vida y forja un segundo hogar; en cada trabajo se aprende un modo de habitar el mundo. En cambio, el uso de la palabra “empleo” revela el lado siniestro de la administración de las vidas reducidas a simple mercancía, así el “desempleado” puede aparecer como un resto o un desecho en el mundo contemporáneo.

Si, como señala Mark Fisher en Realismo capitalista, nos han hecho creer que “el capitalismo no sólo es el único sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa”, habrá que disputar el capital para empezar a reconstruir un imaginario emancipador.

Por eso mismo, los trabajadores y las trabajadoras celebran, precisamente, cada primero de mayo la memoria de la lucha. Celebran su identidad y su oficio. Celebran el cuerpo, la sabiduría y la práctica como potencias cognitivas.
Celebran algo que va más allá de la obligación: la redención de los vencidos.

*Filósofo y ensayista.

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