Reparaciones históricas

Nuestra cultura tiene tradiciones ancestrales: el mate, el asado y tratar de arreglar todo, incluso si no tiene arreglo.

Cuando era chico, en casa, si un zapato se estaba por romper se intentaba todo: taco, suela, hilo sisal, respiración artificial. Nada se tiraba hasta que se despegara el Poxipol del pie. Ahí sí: marchen otros zapatos.

El tema es que hay cosas que uno puede arreglar solo y otras que no.

El otro día se descompuso el lavarropas. Intentamos con aspirinas, sopa de pollo… Nada.  Vino el service: Una cifra de cuatro números me cobró. ¿Qué hizo? Cambió una válvula. Tardó 5 minutos. Por esa plata yo creía que me iba a lavar la ropa, tenderla, plancharla y dada la marca, que me iba a cantar el Aurora. Pero no. El tipo cobró y se fue. Y antes de irse, fue lapidario: “Este es un fierro. En cambio, los de ahora… pff no te duran más de dos años”. 
¿O sea que cuando terminaste de pagar las 20 cuotas del nuevo, ya tenés que comprar otro? Entonces no hay más remedio: hay que arreglarlo.

Y hay cosas que uno no arregla o no cambia de dejado, como esa tabla plástica de inodoro que se rajó hace 6 meses y que ya te acostumbraste a sentarte de coté para que no te pellizque el tujes. Y que el día que la cambiás, 4 años más tarde, te preguntás: “¿cómo podías vivir así?” Y disfrutás como un rey al apoyar tus dos glúteos sin necesidad de tener agua oxigenada y gasa a mano.

Otro ejemplo: teníamos un tacho de basura de plástico, de esos con un pedal que levantan la tapa. El pedal dejó de funcionar el día que Argentina quedó eliminada en el Mundial de Sudáfrica. Finalmente compramos uno nuevo. Es increíble: uno aprieta el pedal… y faaaa… ¡Se abre la tapa! La armonía ha vuelto al hogar, excepto claro, porque ahora todos queremos tirar cosas a la basura para poder apretar el pedal y que se levante la tapa, que es un entretenimiento familiar que les recomiendo siempre y cuando pongan la regla de que no valen codazos, planchazos ni piquetes de ojos.

Para colmo, si vos necesitás un médico, todos te recomiendan “un capo”. Nadie tiene un médico malo, ¿viste? Todos conocen al que ganó el Martín Fierro al Trasplante de Corazón a Cielo Abierto o al que fue nominado al Dedo de Oro al Mejor Proctólogo.

Pero a la hora de buscar un plomero, gasista o electricista te dicen: “tengo uno, pero te mata” “es bueno, pero es lento” “sabe, pero no se nota”. La duda te carcome: ¿lo intento yo o llamo a alguien?
Sabelo: cuando vos arreglás las cosas, lo tenés que hacer un sábado o un domingo, días sagrados de las religiones, porque para que salgan bien, están en manos de Dios.

Pero cuando llamás a alguien… entrás en la dimensión desconocida. 
Y contratás a “Silvano”, el mejor pintor. Y Silvano viene el primer día, y nunca más. Después deja en tu casa a unos pibes que manejan el pincel como yo una central nuclear. Ni idea.  O que vienen sin todos los elementos: “Jefe: ¿no tiene una escalera?” “¿No tiene una manguera?” “¿No tienen una bolsa de portland?” No, no tengo. ¡No soy albañil! Laburo en la radio, escribo estas columnas…  ¡Vos tenés que tener esas cosas!

Y para rematar la situación: el tiempo. No hay albañil, arquitecto, plomero, mecánico, ingeniero nuclear, parapsicólogo o miserable contratista que te pueda contestar una simple pregunta: “¿cuánto vas a tardar?” “Y… depende”. Y empieza la lista de excusas: “pasa que hay mucha humedad y no seca”, “la pintura no viene como antes”, “Hacen falta 73 kilos más de enduido”.

Y no saber cuándo van a terminar es tan estresante que a veces me pregunto: Dios creó al mundo en siete días, ¿no será que en el presupuesto original figuraban cuatro?


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