La lucha de las mujeres afganas: de herramienta para justificar una ocupación a daño colateral

La lucha por los derechos de las mujeres afganas fue una de las caras de la ocupación. Foto: AFP

La lucha por los derechos de las mujeres afganas fue una de las caras de la ocupación. Foto: AFP

Las reivindicaciones y las imágenes del sufrimiento de las mujeres y niñas afganas fueron desde 2001 y durante muchos años uno de los argumentos más repetidos y efectivos para justificar la ocupación estadounidense de Afganistán y su llamada Guerra contra el Terrorismo; hoy, 20 años después, en medio de relatos y postales de desesperación y angustia tras el retorno al poder de los talibanes, son una de las víctimas más claras de las promesas no cumplidas de las potencias occidentales.

En 2001, solo un mes y diez días después de los primeros bombardeos aéreos de la alianza dirigida por Estados Unidos contra Afganistán, la entonces primera dama Laura Bush y el Departamento de Estado lanzaron un llamado «humanitario» para sumarse a la Guerra contra el Terrorismo declarada por su esposo tras los atentados de Al Qaeda contra las Torres Gemelas. Lo titularon: «La guerra de los Talibán contra las mujeres».

«Hoy, con Kabul y otras ciudades afganas liberadas, las mujeres están volviendo al lugar que les corresponde en la sociedad afgana, el lugar que ellas y sus familias eligen tener», escribieron y luego la primera dama reforzó el mensaje con una emisión especial del programa radial semanal de su esposo de esa semana: «La lucha contra el terrorismo es también por los derechos y la dignidad de las mujeres».

Pese a que la Casa Blanca quiera olvidar ahora esos comienzos, para bien y para mal, la lucha por los derechos de las mujeres afganas fue una de las caras de la ocupación y luego de la misión de apoyo militar de las potencias occidentales a los nuevos Gobiernos aliados en Afganistán.

Para bien, significó un rediseño inmediato del sistema legal, abrió las puertas a la educación en todos los niveles, y al mundo laboral y político. Trajo consigo un flujo millonario de dólares para programas especiales y para dar prioridad y oportunidades a las mujeres en escuelas, universidades y cargos en organizaciones internacionales.

«Los logros fueron tremendos: las mujeres empezaron a ser vistas en la vida pública, muchas empezaron a hablar, a decir lo que pensaban, a expresarse, a estudiar para ocupar cargos y posiciones, antes reservadas a los hombres», explicó a Télam Victoria Fontan, vicepresidente de Asuntos Académicos de la Universidad Americana de Afganistán, en Kabul, y especialistas en temas de Paz y Conflictos.

Aliya Kazimy, una profesora universitaria afgana de la ciudad Mazar-i-Sharif, en el norte del país, contó esta apertura en primera persona en un mensaje de texto enviado al diario The New York Times: «Soy parte de la generación que tuvo muchas oportunidades después de la caída de los talibanes hace 20 años. Pude alcanzar mi objetivo de estudiar y por un año fui una profesora universitaria. Ahora mi futuro es oscuro e incierto. Todos estos años trabajando duro y soñando fueron en vano. Y las chicas más chicas que recién estaban empezando, ¿qué futuro les espera?»

En un momento en que nadie tiene aún una respuesta a esa pregunta, también escasea un mirada más compleja de lo que sucedió en los últimos 20 años.

Para Fontan, una académica francesa de 45 años, los avances reales que hubo no esconden otra realidad: «Las mujeres fueron instrumentalizadas desde el principio. Se suponía que también se trataba de defender los derechos de las mujeres pero fueron solo una herramienta para justificar la invasión. Desde el inicio, se estableció un ministerio, pero no fue solo de los asuntos de la mujer, era de Asuntos de la Mujer y la Familia, lo que significó volver a la narrativa patriarcal que establece que la mujer solo existe dentro del marco familiar. Nunca se trató de la liberación de las mujeres.»

Para Fontan, se trataba de un proceso gradual, lento, que ahora quedó trunco.

Las mujeres son una de las víctimas más claras de las promesas no cumplidas de las potencias occidentales. Foto: AFP

Las mujeres son una de las víctimas más claras de las promesas no cumplidas de las potencias occidentales. Foto: AFP

«Afganistán es una sociedad ultraconservadora orientada a la familia, no se entiende de manera individualista. No se puede obligar a la gente a cambiar de valores, pero queríamos que lleguen a ver su realidad desde una nueva perspectiva y los beneficios que educar a las mujeres de su familia podría traer a todo el grupo familiar», explicó.

Una de sus alumnas que ella califica como un «caso de éxito» en este proceso que enfrentó mucha resistencia desde la propia sociedad afgana es Pashtana Durrani, una activista cuya voz esta semana recorrió el mundo entero con sus denuncias en las redes sociales sobre la nueva realidad con los talibanes en el poder.

«Su padre falleció el año pasado por Covid, era un líder tribal de Kandahar. No solo su padre la apoyó completamente, sino que desde su muerte ella se convirtió en la líder de su clan y fundó una ONG: Learn Afghanistan, con la que enseña a niñas de manera virtual en todo el país», recordó Fontan.

Esta semana, ya sin poder decir en dónde se encuentra en Afganistán por miedo a ser detenida o agredida, Durrani hizo un llamado a la comunidad internacional para que no abandone completamente a las mujeres afganas.

«Los talibanes hoy no son los talibanes de hace 20 años, necesitan el reconocimiento de la comunidad internacional», aseguró y les propuso a los líderes mundiales exactamente cómo hacer para saber lo que pasa en Afganistán: comparen cuántas mujeres siguen matriculadas para estudiar, cuántas trabajan y escuchen lo que ellas y no solo los hombres les dicen que está sucediendo.

Mientras las potencias como Estados Unidos y sus aliados europeos tienen aún la posibilidad de presionar a través de sanciones, como hicieron en los 90 cuando los talibanes gobernaron por primera vez, también existe otro riesgo: profundizar la cara negativa que significó vincular la ocupación con la lucha de los derechos de las mujeres.

«Tenemos una sociedad que desarrolló un fuerte rechazo a las ocupaciones extranjeras, primero la soviética, luego la estadounidense. No olvidemos que la ocupación estadounidense y las operaciones de las fuerzas de la coalición (OTAN) fuera de las grandes ciudades ha sido extremadamente sangrienta. Esto significa que la gente, especialmente en las zonas rurales, tiene un tremendo rechazo por esta ocupación. Cuando un drone ataca la boda de tu familia y todos mueren, no solo vas a rechazar esa coalición militar, vas a rechazar todas sus ideas, con la misma vehemencia», explicó Fontan.

Ante la lluvia de expresiones de solidaridad de organizaciones y activistas en el mundo e inclusive de renovados pedidos de intervención internacional, algunas activistas afganas como Mina Sharif, de 19 años, intentan que se aprenda del pasado.

«No necesitamos que nos enseñen cómo hacer las cosas. Simplemente necesitamos -lo obtuvimos y lo apreciamos- la promesa de un contexto seguro para poder recuperar nuestro lugar», le dijo a la revista Quartz.

Esa promesa se empezó a hacer trizas en 2019, cuando el entonces presidente de Estados Unidos Donald Trump selló un acuerdo con los talibanes para la retirada que incluía garantías para los ciudadanos estadounidenses, pero ninguna para los derechos de las mujeres afganas que los sucesivos Gobiernos norteamericanos tanto celebraron haber ayudado a recuperar.