El “terruqueo”, un verbo de estigmatización en la política peruana

Por Gonzalo Ruiz Tovar, desde Lima

Durante la campaña electoral reciente, los “fake” se apoderaron de internet. Foto: AFP.

Durante la campaña electoral reciente, los “fake” se apoderaron de internet. Foto: AFP.

El “terruqueo”, la práctica de acusar de terrorista a todo aquel que no acepte el discurso predominante de la derecha más radical, se ha convertido en un eje de la acción política en Perú, país que no se decide a hacer una terapia intensa de memoria para superar los efectos de la violencia política que sufrió sobre todo entre 1980 y 2000.

“Se trata de descalificar, satanizar y vincular con la violencia a quienes no piensan lo mismo que la derecha y la ultraderecha, a los que están a favor del cambio”, definió para Télam el doctor en Ciencia Política Carlos Fernández Fontenoy, quien, sin embargo, consideró que el fenómeno pierde efectividad con el paso del tiempo.

“Terrónika”, es el apodo con el que llaman en muchos círculos a la excandidata presidencial Verónika Mendoza, líder de un sector de izquierda que no guarda ninguna relación orgánica ni ideológica con Sendero Luminoso, el grupo armado maoísta que fue principal protagonista de la ofensiva que dejó casi 70.000 muertos, según la Comisión de la Verdad.

Pero Mendoza, cuyo grupo Juntos por Perú (JP) es hoy socio menor en el Gobierno de izquierda del presidente Pedro Castillo, es solo un caso de cientos de víctimas de un “terruqueo”, que alcanza también al mandatario e incluso a personas que no son de izquierda, como el expresidente Francisco Sagasti, un militante de centro.

“Terruco” era como se conocía en el campo a los miembros de Sendero en los 80 y 90. La palabra llegó luego a las ciudades y se transformó en un neologismo verbal que se aplica en general a la izquierda o a los liberales progresistas que no suscriben la narrativa oficial sobre lo que pasó en ese período.

El “terruqueo” también está vinculado “con toda esa lógica de la posverdad y fake news”

“Hemos sido ‘terruqueados’ sistemáticamente para contener la fuerza de nuestra prédica”, afirmó la excongresista Rocío Silva Santisteban, que ha sufrido ataques no solo por su militancia de izquierda, sino especialmente por su activismo en la defensa de los derechos humanos.

Los descalificativos llegan, según Silva Santisteban, “desde un anticomunismo histérico, con un discurso igual al de los años 60 en plena Guerra Fría” y hacen parte de una “batalla por la memoria” en la que sectores políticos, militares y mediáticos buscan imponer una “verdad” que oculte que, a la par de la crueldad de los actos de Sendero y el otro grupo armado de izquierda, el MRTA, hubo quienes la enfrentaron con respuestas que también estaban fuera del marco de la ley.

La activista hizo las reflexiones durante una conferencia transmitida por internet, en la que también estuvo el excanciller Héctor Béjar, otro permanente “terruqueado” que renunció al Gobierno de Castillo apenas días después de ser nombrado. Mientras ellos hablaban, en el chat aparecían comentarios como: “Escorias comunistas, partida de miserables que engañan y manipulan. Perros desgraciados, vendepatrias”.

El “terruqueo” también está vinculado “con toda esa lógica de la posverdad y fake news”, advirtió a su vez el experto Oswaldo Bolo en una entrevista con el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Católica.

Durante la campaña electoral reciente, los “fake” se apoderaron de internet, donde era frecuente ver fotos de candidatos de izquierda en montajes junto a senderistas. Eso puede impactar “en el sector desinformado, que desafortunadamente es muy amplio”, advirtió Fernández Fontenoy.

Sendero Luminoso, el instrumento con el que el exprofesor Abimael Guzmán pretendió instaurar en Perú un régimen como el de Pol Pot en Camboya, fue enfrentado por diversos sectores, incluida la izquierda, que, salvo excepciones, rechazó activamente su ideología y sus procedimientos.

Esas discrepancias fueron castigadas con permanentes retaliaciones.

Una víctima emblema fue la vicealcaldesa del populoso distrito limeño Villa El Salvador, María Elena Moyano, asesinada en 1992 en una acción en que los atacantes no se limitaron a matarla, sino que además volaron su cuerpo con explosivos.

Moyano, quien reunía varias “razones” de estigmatización y discriminación –mujer, negra, pobre y de izquierda-, era a sus 33 años una de las principales figuras promisorias de esa izquierda a la que ahora se “terruquea”.

“A nosotros nos ha tocado mostrarnos más a la gente, mostrarles que no somos lo que dicen”, le comentó a Télam la comunicadora Sadith Vela, quien buscó llegar al Congreso en los comicios de este año por el departamento andino-selvático de Huánuco en las listas de JP.

Para Vela, ese acercamiento entre candidatos y población en localidades pequeñas, como las de Huánico, permite que el “terruqueo” tenga menos eficiencia. Pero en una metrópolis como Lima, en donde los acercamientos pasan por más filtros, los efectos pueden ser considerablemente mayores.

Sin embargo, para Fernández Fontenoy, el “terruqueo” está en retroceso porque ya no tiene la misma efectividad y porque incluso permite en casos específicos que personas que sí tuvieron algún grado de participación con la violencia pretendan salvar responsabilidades presentándose como víctimas.

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