La carta del terrorismo y la sospecha como argumento incuestionable, el principal legado del 11-S

Estos 20 años de doctrina de guerra permanente y omnipresente dejaron otra consecuencia muy útil para el poder estadounidense.

Estos 20 años de doctrina de guerra permanente y omnipresente dejaron otra consecuencia muy útil para el poder estadounidense.

La “guerra contra el terrorismo” que lanzó George Bush después de los atentados del 11-S no solo convirtió al mundo en un gran teatro militar y potenció un Estado policial basado en el racismo y la represión, sino que principalmente legitimó dentro y fuera de Estados Unidos la carta del terrorismo y de la mera sospecha como argumento incuestionable para invadir, atacar, perseguir, detener, asesinar y espiar.

En el frente externo de esta guerra iniciada por Bush y continuada de una u otra manera por los tres presidentes estadounidenses que le siguieron, la consecuencia más evidente es la masiva destrucción y las víctimas que dejaron las ocupaciones y guerra en Irak y Afganistán -millones de refugiados y desplazados internos, cientos de miles de muertos y muchos más heridos-, además de un Gobierno iraquí siempre al borde de derrumbarse y el retorno al poder del movimiento talibán en Kabul.

En términos de los objetivos declarados por la Casa Blanca, la derrota es innegable; sin embargo, estos 20 años de doctrina de guerra permanente y omnipresente dejaron otra consecuencia muy útil para el poder estadounidense.

“Uno de los legados fue la idea de que el presidente era libre de actuar por fuera de la ley estadounidense si creía que era necesario por razones de seguridad nacional. La misma racionalidad que usó Bush para hacer desaparecer gente, torturarla y mantenerla detenida por tiempo indefinido es la que usó (Barack) Obama para expandir los asesinatos extrajudiciales y la guerra con drones. Y eso aún no cambió”, explicó a Télam Lisa Hajjar, líder del equipo que investiga los “Legados de la guerra contra el terrorismo” en el centro de pensamiento Security in Context, en EEUU.

La "guerra contra el terrorismo" que lanzó George Bush después de los atentados del 11-S no solo convirtió al mundo en un gran teatro militar y potenció un Estado policial basado en el racismo y la represión.

La “guerra contra el terrorismo” que lanzó George Bush después de los atentados del 11-S no solo convirtió al mundo en un gran teatro militar y potenció un Estado policial basado en el racismo y la represión.

Después de Bush, tanto Obama como Donald Trump y hoy Joe Biden apoyaron terminar con las largas, masivas y costosas guerras en Irak y Afganistán, pero ninguno puso en duda si continuarían persiguiendo y matando -ahora desde el aire en aviones no tripulados- a todos aquellos que consideraran como sospechosos de terrorismo, estén en países aliados o territorios hostiles.

Esa continuidad fue posible en gran parte porque siempre contaron y siguen contando con apoyo popular.

“En 2009 Obama prohibió el uso de la tortura y ese mismo año los sondeos mostraban que una mayoría de los estadounidenses seguían apoyando su utilización. Y la guerra con drones es aún más popular porque subyace la idea de que podemos perseguir y matar a nuestros enemigos sin sufrir bajas”, destacó Hajjar, profesora de Sociología en la Universidad de California-Santa Barbara.

A nivel internacional, esta prerrogativa que EEUU se dio tras el 11-S fue apropiada por aliados y rivales en los años siguientes para legitimar sus propios actos. Por ejemplo, Turquía y Rusia en Libia e Irán contra el Estado Islámico (EI) en Medio Oriente o Arabia Saudita y sus aliados en Yemen (Israel merece un capítulo aparte porque fue un precursor y hace décadas que ejercía ese poder en Siria, Irak, Líbano y los territorios palestinos ocupados, entre otros).

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Pero este no es el único legado que subsiste hoy en EEUU y que han adoptado otros países.

El frente interno de esta guerra global estableció un estado de emergencia dentro de EEUU que en gran parte existe hoy y, aún si algunas normas fueron eliminadas, se mantienen sus consecuencias.

En esta nueva normalidad, como muchos la bautizaron tras los atentados, la mera sospecha de terrorismo o vínculos con sospechosos era suficiente para activar espionajes autorizados por tribunales a puertas cerradas, detenciones y allanamientos del FBI y, teniendo en cuenta la evidencia muchas veces circunstancial presentada, hasta condenas de prisión que persisten hoy.

“Ese nivel de violencia solo fue posible por la islamofobia que lo acompañó y justificó. La guerra contra el terrorismo incluyó un racismo que deshumanizó a sus víctimas. Se asoció al islam con terrorismo, extremismo, barbarie. Ese es otro legado que se vio claramente en la victoria electoral de Trump. Él hizo campaña con un programa islamofóbico”, analizó para Télam Arun Kundnani, investigador del departamento de Guerra y Pacificación del Instituto Transnacional, con sede en Países Bajos.

“Lo que pasó es que falsos expertos en terrorismo dijeron que necesitábamos no solo acusar y procesar a personas que estaban involucradas en actos terroristas, sino también a aquellos que compartían la misma ideología o religión que ellos porque podían radicalizarse. Hoy, los académicos que aportaron la justificación para esas detenciones y condenas, cambiaron su opinión y reconocen que su teoría de radicalización fue incorrecta, pero muchos de los condenados siguen en prisión”, agregó.

Algunos argumentan que lo que llevó a espiar masivamente y perseguir a la comunidad musulmana y árabe fue el miedo.

Sin embargo, este año cuando una turba de supremacistas blancos irrumpieron en la sede de uno de los tres poderes del Estado en Washington en lo que hoy se investiga como una “insurrección” incitada por Trump y luego el FBI y la comunidad de inteligencia declararon que la principal amenaza terrorista del país hoy proviene de estos grupos radicalizados, el aparato del Estado no se lanzó en un frenesí de detenciones, allanamientos y una campaña difamatoria contra este sector blanco y estadounidense.

Para Kundnani, el sentimiento anti-islam se normalizó a tal punto después de los atentados del 11-S que en los años posteriores se expandió por el mundo.

“En otras partes como India, Myanmar (exBirmania), Sri Lanka y China se han visto brotes de islamofobia en la última década, como una suerte de derivación de la retórica de la guerra global contra el terrorismo que salió de Washington”, advirtió y sumó otro legado que también fue abrazado por terceros países: un gigantesco sistema de espionaje en el que todos pueden ser sospechosos.

“Todas las grandes potencias hoy lo hacen, para afuera y para adentro de su territorio, y es difícil saber la dimensión porque la mayoría se hace en secreto. La guerra contra el terrorismo justificó esto en un principio y hoy ya se estableció como la regla”, alertó el experto y Hajjar coincidió.

“Hoy se volvió incluso un eje de la disputa con China. Pero lo irónico es que EEUU introdujo la capacidad tecnológica y la racionalidad política para hacerlo y luego, cuando otros países se apropiaron, los denuncia”, sostuvo.

Porque el legado del 11-S ya no se limita a las fronteras estadounidenses, sino que ha colaborado en moldear una nueva normalidad global, en la que otras potencias y líderes se legitiman en el espejo menos halagador de EEUU, la superpotencia que desde hace casi un siglo quiere forjar un mundo a su imagen y semejanza.

Biden quiere olvidar la “guerra contra el terrorismo” y centrarse en China y Rusia

El Gobierno de Joe Biden ha elegido no hablar más de la “guerra contra el terrorismo”, quiere mostrar que la dejó atrás con la retirada de Afganistán y, en cambio, prefiere volver a una política exterior más tradicional de rivalidad entre potencias, en este caso China y Rusia.

En un discurso tras la retirada militar de Afganistán, Biden destacó: “Mi deber es defender la seguridad de Estados Unidos, no de las amenazas de 2001, sino de las amenazas de 2021”, y luego agregó: “No hay nada que a Rusia y China le gustaría más que ver a Estados Unidos enterrado en otra década de guerra en Afganistán”.

Una y otra vez desde que asumió la Presidencia identificó como sus principales preocupaciones a China y Rusia, y no solo en términos de seguridad. La Casa Blanca identifica al desarrollo económico de Beijing y su presencia comercial cada vez más predominante en grandes partes del mundo -entre ellas América Latina- como la principal amenaza a su hegemonía indiscutida desde la caída de Unión Soviética.

“No hay nada que a Rusia y China le gustaría más que ver a Estados Unidos enterrado en otra década de guerra en Afganistán”

Joe Biden

“Si pudiera hacer una predicción sería que vamos a vivir algo más parecido a una Guerra Fría 2.0 con un interés centrado en Rusia y China y quizás algunos conflictos ‘proxy’ vinculados. Seguirá habiendo ataques similares a los que hoy vemos con drones contra organizaciones islamistas, pero desde el Gobierno de (Barack) Obama vemos que se empezó a tratar de girar la política de seguridad nacional hacia el Pacífico, para enfrentar a China”, aseguró en diálogo con Télam Lisa Hajjar, líder del equipo que investiga los “Legados de la guerra contra el terrorismo” en el centro de pensamiento Security in Context, en Estados Unidos.

Infografía.

Infografía.

Arun Kundnani, investigador del departamento de Guerra y Pacificación del Instituto Transnacional, con sede en Países Bajos, coincidió en este análisis.

“El miedo en Estados Unidos es que si no es mucho más agresivo en su respuesta a China -económica, política, militar y diplomáticamente-, va a perder su preeminencia. Lo que vemos, en concreto, es una negativa a aceptar un mundo en el que habrá múltiples grandes potencias que coexisten”, explicó a esta agencia.

El análisis de la coyuntura internacional que hace Biden no solo se concentra en China y Rusia por ser dos potencias regionales que abiertamente disputan su liderazgo o, al menos, su credibilidad como líder mundial, sino que revela otro cambio importante en la escena global tras estos 20 años.

“Empíricamente hoy no vemos grupos extremistas que demuestren tener proyección u objetivos transnacionales. Hay una suerte de grupo de organizaciones que se hace llamar Al Qaeda, pero en realidad están mucho más enfocados en conflictos nacionales y sin dudas no tienen la ambición de lanzar unos atentados como los del 11-S”, sostuvo Kundnani.

“Vamos a ver nuevos intentos de crear ideologías transnacionales alternativas, sea desde el islam o desde otro ámbito político, étnico o religioso. Es una consecuencia inevitable del tipo de mundo en el que vivimos”

Arun Kundnani

Pero el analista pidió no dar por muerto a este tipo de grupos radicales que sacudió a Washington y el mundo en 2001.

“La búsqueda de una insurgencia islamista global que personificó Al Qaeda fue un producto del tipo de globalización que el mundo estaba experimentando en los años 90. En un mundo en el que la globalización sostenía que no había otra alternativa, su ambición era ofrecer una alternativa desde la idea de una comunidad transnacional islámica”, explicó.

“Todavía estamos en un mundo que está profundamente interconectado con flujos de dinero, ideas y personas… y no me parece que eso vaya a revertirse pronto. Por eso, mientras esta sea la realidad, todavía vamos a ver nuevos intentos de crear ideologías transnacionales alternativas, sea desde el islam o desde otro ámbito político, étnico o religioso. Es una consecuencia inevitable del tipo de mundo en el que vivimos”, concluyó.

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