María Nydia Ursi Ducó y Mauricio González, protagonistas de dos obras impactantes

 María Nydia Ursi Ducó en "Ribetes en tu piel rojos quedaron".

María Nydia Ursi Ducó en «Ribetes en tu piel rojos quedaron».

El centro cultural Hasta Trilce, ubicado en Maza 177, en el barrio de Almagro, ofrece unos domingos de gran calidad teatral con dos unipersonales que no hay que perder: «Ribetes en tu piel rojos quedaron», con María Nydia Ursi Ducó, y «Mandinga. El diablo que vino de África», con Mauricio González.

«Ribetes en tu piel rojos quedaron» contiene dos poéticos relatos de Darío Bonheur, que con dirección de Eloísa Tarruella en el primer tramo ubican a la actriz como una frustrada «pasadora de páginas» de una pianista famosa y en el segundo como un apabullado «hombrecito» que ofrece un concierto ante su madre castradora, envuelto en una tela de recuerdos oscuros.

En la primera, la infancia es promisoria: la chica es melómana y tiene sus autores clásicos preferidos que fluyen desde el tocadiscos familiar y hasta su familia cree en un talento incipiente; cierto día su padre le regala un piano de cola y su felicidad llega al límite.

Pero la realidad es otra: al enfrentarse con una profesora de música descubre que carece de talento, que sus manos no están formadas para enfrentar el teclado y sus sueños y su vida se desvanecen.

No hay apuntes sobre otros sueños ni de enamoramientos de alguna persona, como sucede entre los adolescentes, ni viajes, ni vestidos soñados; solo su maldita tozudez ante el instrumento vedado y su amplio conocimiento sobre la lectura de un pentagrama, que le agrega amargura a su existencia.

En el segundo relato Ursi Ducó encarna un personaje masculino al que el autor califica de «hombrecito» y que se mueve en un ambiente malsano dominado por la silla de ruedas de su madre, que vive como una condena el regreso a un escenario para ofrecer un concierto y a veces siente como propia aquella silla.

El hilo entre el artista y su madre es permanente y tortuoso, el público ficticio que lo escucha comienza a notar sus yerros, su turbación, y poco a poco va abandonando la sala en señal de desaprobación y desprecio: el hombrecito solo cuenta con su madre, en un esquicio que más que conduce de la música al psicoanálisis.

Con el concurso de Florencia Caruso al piano, quien cumple varios menesteres en la obra, la directora Eloísa Tarruella crea un clima que va de las sombras al destello de esperanza –siempre frustrada- de la protagonista, con la ayuda de las luces de Carolina Rabenstein, que aportan un aura crepuscular y sensual.

La escritura de Bonheur confirma la calidad de un autor nacido en la provincia de La Pampa que es un ejemplo en su generación, un hombre sin estridencias, notoriamente imbuido en el mundo de la música y que entre su vasta producción tiene títulos como «Fragmentos de un pianista violento», ya representada en otros países, y «Sudores de niña virgen», que también dirigió.

Pero lo esencial es la actuación exquisita de María Nydia Ursi Ducó, una actriz que además es pianista egresada del Conservatorio Carlos López Buchardo, bailarina y formada en lo teatral con los maestros más cotizados, y posee una presencia escénica formidable.

Es de esas intérpretes de las que es imposible abstraerse, precisa en el movimiento y en la palabra, con una sensibilidad muy femenina –aun en el fragmento en el que actúa de varón-, con movimientos de una estética preciosista, y que debería ser mucho más ponderada en los medios, ya que tiene también una frondosa presencia en televisión y cine.

(«Ribetes en tu piel rojos quedaron» va a las 18.)

Mauricio González en "Mandinga. El diablo que vino de África",

Mauricio González en «Mandinga. El diablo que vino de África»,

A las 21 es el turno de «Mandinga. El diablo que vino de África», un texto de Diego Damián Martínez, que con dirección del coreógrafo Yamil Ostrovsky y actuación de Mauricio González se sumerge en el mundo de los afrodescendientes y su papel en la sociedad argentina actual, logrando un hecho teatral poco corriente.

González es negro, nació en Uruguay y se formó en la escuela de teatro La Gaviota, de Montevideo, ganó numerosos premios desde 2007 –incluso por trabajos en el cine venezolano- y luego se trasladó a Buenos Aires, donde continuó con su formación en varias disciplinas teatrales.

Su actuación es formidable; no es habitual encontrarse con un intérprete que maneje la voz como él y su empleo del físico fluctúa entre el realismo y el movimiento coreográfico -el trabajo de Ostrovsky es impecable- en un escenario vacío donde hay una precisa iluminación y un uso eficaz del efecto humo, en otras ocasiones tan molesto.

El único elemento de utilería –en este caso se puede calificar así- es un saco que el intérprete utiliza para vestir su torso desnudo pero también para darle otros significados, en tanto la música y el ámbito sonoro de Carlos Ledrag efatiza a la acción, aunque en la función de estreno tuvo momentos de intensidad que taparon la voz del intérprete.

En la ficción, González avanza sobre el proscenio y se presenta como Martín, un argentino; lo dice muchas veces, porque el personaje tiene que justificarse siempre ante sus connacionales, que suelen preguntarse qué sucedió con los negros argentinos que entraron como esclavos y fueron tan numerosos en la población durante el siglo XIX.

El personaje cuenta que a la salida del subte tuvo un roce con otro pasajero, que lo miró y le dijo: «¡Por qué no te volvés a tu país!», y ese fue el primer infortunio relatado por Martín en el plano individual, al que se agregan confusiones con sus compañeros cuando es un activo militante universitario o a raíz del abandono de la mujer que ama, presumiblemente blanca.

Por eso el hombre huye de la realidad y sueña: entonces se funde en lo colectivo de su etnia, revive el drama de sus ancestros esclavos cuando llegaban a América y contraría la versión generalizada de que esas personas «eran tratadas con afecto» por su propietarios, a diferencia de quienes eran destinados a otros parajes.

Es entonces cuando en su imposible rebelión busca un pacto con «Mandinga», que no es el Diablo malo sino el dios negro de los negros –ya que el otro Dios, el oficial, pertenece a los blancos- y el actor extrae recursos expresivos que le transforman al instante el habla y los movimientos: hay verdadera magia en esos pasajes.